«Reflexioné, después, que más poético es el caso de un hombre que se propone un fin que no está vedado a los otros, pero sí a él. Recordé a Averroes, que encerrado en el ámbito del Islam, nunca pudo saber el significado de las voces tragedia y comedia.»
— Jorge Luis Borges, La busca de Averroes, 1947
Génesis
Túnez, 2011
Mohamed Bouazizi recibió una bofetada de la agente de policía Feyda Hamdi cuando fue a denunciar la confiscación de su puesto de frutas y verduras. Seguramente fue en ese instante cuando tomó la decisión de prenderse fuego frente a la Gobernación de Sidi Bouzid, el 17 de diciembre de 2010. Pero difícilmente pudo haber imaginado que aquel gesto acabaría con los 23 años de gobierno de Ben Ali y sus allegados, para luego desencadenar una serie de protestas contra distintos regímenes del mundo árabe.
Y así, el gesto trascendió a la persona.
La historia de la bofetada es hoy objeto de controversia; la agente de policía incluso fue absuelta por un tribunal. En Túnez, las historias se construyen con facilidad. Me dijeron, por ejemplo, que este episodio había sido inventado para provocar indignación y movilizar al entorno social de Bouazizi.
Una sola cosa es segura: 310 días después de su inmolación, los tunecinos eligieron a sus representantes entre los 100 partidos políticos surgidos de la Revolución de los Jazmines. El 23 de octubre fue el día en que todo estaba en juego, y los tunecinos hicieron sus apuestas.
Los islamistas de Ennahda arrasaron en las urnas y consiguieron el 41,47 % de los escaños de la Asamblea Constituyente. Se convirtieron así en la principal fuerza política del país, con 90 representantes de un total de 217. Los siguieron el CPR —de izquierda nacionalista—, con 30 escaños, y Ettakatol —de izquierda—, con 21.
Para comprender el éxito de Ennahda, ausente durante la revolución, y cómo este partido consiguió hacerse con semejante espacio de poder, primero hay que comprender su trayectoria.
Ennahda, el «Partido del Renacimiento», surgió de los movimientos universitarios de la década de 1970. En aquella época, los primeros partidarios de un islam político se enfrentaban al activismo de izquierda. El partido fue prohibido y reprimido durante el régimen de Ben Ali; su líder, Rached Ghannouchi, se exilió y muchos de sus miembros fueron torturados y encarcelados.
Ennahda apostó luego por la proximidad con sus seguidores, sobre todo en el interior del país, donde el partido siempre había gozado de gran popularidad. Gracias a ello, llegó a las elecciones de 2011 con una estructura sólida y con candidatos que contaban con un fuerte apoyo popular.
Según su programa en lengua francesa, Ennahda se presenta como un partido que busca instaurar un «régimen político democrático y parlamentario que garantice las libertades públicas e individuales, la independencia de la Justicia y la libertad de prensa».
Su programa hace pocas referencias al islam, y estas se mantienen vagas y discretas: «el islam constituye una referencia fundamental y moderada que interactúa, a través del esfuerzo de interpretación y aplicación, con toda experiencia humana cuya utilidad haya sido demostrada. La libertad de creencias y de pensamiento también está garantizada».
De regreso del exilio después de la revolución, Ghannouchi se muestra tranquilizador frente al mundo occidental, presentándose dispuesto a formar un gobierno de unidad nacional con las demás fuerzas políticas surgidas de las elecciones.
Esta apertura no borra su simpatía por los fundadores de los Hermanos Musulmanes, a quienes Ghannouchi cita en sus escritos; ni sus buenas relaciones con los islamistas sudaneses, conocidos por sus posiciones radicales y fundamentalistas; ni tampoco la violencia —incluido el uso de ácido— cometida por sus partidarios durante la década de 1980.
«Ennahda practica un doble discurso. Mientras muestra cierta moderación en sus programas y en los medios de comunicación, difunde un discurso completamente diferente en las mezquitas. Durante la oración del viernes, elogian la poligamia y llaman a matar a los laicos, a quienes consideran ateos», afirma la ciberactivista Lina Ben Mhenni.
“L’agent provocateur”
16 de octubre de 2011, avenida Mohammed V.
Busco una manifestación contra la violencia cometida por islamistas que habían atacado un canal de televisión unos días antes.
—Disculpe, me dijeron que había una manifestación contra los islamistas…
—La manifestación no es contra ese movimiento. Estamos aquí por la paz, la libertad de expresión y por un Estado laico —me aclara Mohammed Slim, de 22 años, estudiante de Ciencias Políticas y militante por un Estado tunecino laico.
Luego me invita a seguirlo a la manifestación para repudiar el ataque al canal de televisión (Nessma), asaltado por islamistas radicales después de la emisión de la película Persépolis.
La película de animación muestra a una niña hablando con Dios, siendo que la representación de Dios está prohibida por el islam. Pero, continúa Mohammed Slim, esa película que había desatado la furia de los religiosos ya había sido proyectada en los cines en 2008…
Y nadie había protestado.
“Son mis enemigos. Quiero exterminarlos mediante la ley. Serán condenados por sus crímenes”, continúa. “El islam se basa en el amor y la tolerancia, pero los islamistas instrumentalizan la religión para llegar al poder. Quieren hacernos retroceder a la época preislámica”.
—¡Allahu Akbar! —grita una persona que luego se identifica como partidario de Ennahda, el partido islamista, en medio de una multitud que no puede creer lo que está viendo.
Un segundo después, está en el suelo recibiendo una paliza.
Dos segundos más tarde llegan policías de civil y, junto con otros manifestantes, consiguen sacarlo de allí y lo entregan a los «buenos cuidados» de la policía de Túnez, que se lo lleva lejos de la multitud.
“En Túnez hay que elegir de qué lado luchar. Aquí estamos en guerra. Somos nosotros o ellos”, me dice una chica que no debe tener más de veinte años, con una cámara de video en una mano, un cigarrillo en la boca y el puño izquierdo levantado bien alto.
El análisis de Béchir
“Conocí, porbablemente, al escritor Julio Cortázar en París, en 1974. Era argentino, como vos. Yo tenía 26 años, pero todo aquello me parece hoy muy lejano”, me cuenta Béchir Garbouj, profesor jubilado de literatura francesa, aunque no retirado de la vida intelectual.
Responde a mi pregunta sobre el resultado de las elecciones de manera calma y reflexiva:
“La avalancha de Ennahda sorprende mucho más por su magnitud que por el hecho de que haya ocurrido. Lo esperábamos, pero no podíamos anticipar el derrumbe de los partidos tradicionales de la oposición.
Creo, en realidad, que los años de Ben Ali dejaron un trauma más profundo de lo que podíamos imaginar. A la gente le cuesta separar a los partidos “tradicionales” de aquellos años de plomo, sobre todo porque —y esto hay que decirlo— ni la sociedad civil ni los llamados partidos de izquierda movieron un dedo para protestar contra la persecución de los militantes islamistas.
Además, su discurso “modernista” no podía sino retomar los temas habituales de Ben Ali, que se presentaba como un “hombre de progreso”, un “hombre de la Ilustración”, en guerra contra la marea oscurantista, mientras llevaba adelante la política más represiva que pudiera imaginarse y permitía que la hidra de la corrupción se extendiera por todos los ámbitos.
Ennahda podía presentarse ante las masas como un “mártir” de la “emancipación del pueblo”. A esto se suma el monopolio de hecho que ejerce desde hace treinta años sobre la fe y, sobre todo, sobre el imaginario político que le resulta inseparable.
En un país donde, ciertamente, el analfabetismo ha sido seriamente combatido, pero donde el pensamiento crítico ha sido combatido con la misma violencia, las ideas elementales de este partido —Ennahda—, amplificadas durante la campaña electoral por las acusaciones más histéricas contra la izquierda —que supuestamente defendería el ateísmo, promovería el matrimonio homosexual o alentaría la disolución de las costumbres—, me parece que encontraron una recepción favorable entre la población.
La “izquierda”, además, siguió siendo elitista a pesar de su compromiso con la justicia social. Ha llegado el momento de que vaya al encuentro de ese pueblo en el que Ennahda viene construyendo sus bases desde hace muchísimo tiempo”, concluye Béchir.
El caso de Averroes
Averroes conocía perfectamente el significado de las palabras tragedia y comedia, contrariamente a lo que afirma Borges. También conocía a los antiguos griegos. De hecho, pasó su vida intentando conciliar el pensamiento de los mismos con el islam.
Abu al-Walid Muhammad ibn Rushd, conocido en Occidente como Averroes, nació en Al-Ándalus —la península ibérica entonces bajo dominio árabe— en 1126. Proveniente de una familia de cadíes —jueces—, este filósofo, jurista, teólogo, matemático y médico árabe-musulmán estudió y comentó ampliamente la obra de Aristóteles.
La modernidad y el alcance de su pensamiento filosófico lo elevaron a un nivel sin igual para su época. Vivió una vida cercana a la corte y sus privilegios, pero terminó sus días en el exilio, condenado por herejía y perseguido por los ulemas y los sectores conservadores.
Existe un paralelismo entre el Averroes de entonces y el Túnez de hoy.
El pueblo tunecino es un «mosaico», con la particularidad de estar formado por distintas capas sociales unidas por un punto en común. Los intelectuales, los académicos, la burguesía, las clases medias, los sindicatos, los militantes de izquierda, los jóvenes universitarios, los activistas y los defensores de los derechos fundamentales comparten una tradición de islam moderado y laicismo.
Fue este conjunto de personas el que llevó adelante la revolución, no los islamistas.
Ese Túnez se encuentra hoy frente a la islamización de un interior del país más conservador y tradicionalista.
Los tunecinos, al igual que Averroes, deben ahora conciliar el islam con la democracia, surgida del pensamiento de los antiguos griegos.
Los representantes elegidos el 23 de octubre de 2011 redactarán una nueva Constitución; todo aquello por lo que lucharon los jóvenes, los activistas y los defensores de los derechos humanos está ahora en juego.
Cada concesión hecha a los islamistas será algo perdido para el resto de los tunecinos. Después de esta etapa decisiva, ya no habrá posibilidad de volver atrás.
El mundo árabe en particular, y el resto del mundo en general, observan atentamente a Túnez.
Quizás surja un «modelo tunecino» capaz de conciliar la tradición musulmana con la modernidad política y garantizar el respeto de un conjunto fundamental de libertades individuales y derechos básicos.
¿Quién sabe?
Lo que resulta indiscutible es que las civilizaciones se han desarrollado gracias a las ciencias, las artes, las letras, la medicina, la tecnología y, sobre todo, gracias a la emancipación del ser humano, y no a través de su sometimiento a las religiones.
Actualización — 2026
Pasaron quince años desde que escribí esta crónica, y Túnez recorrió un camino largo y complejo.
Las elecciones de 2011 abrieron una verdadera transición democrática. Ennahda se convirtió en la principal fuerza política, en 2014 se adoptó una nueva Constitución, los gobiernos fueron cambiando mediante elecciones y, durante varios años, Túnez pareció ser el experimento democrático más exitoso surgido de la Primavera Árabe.
Pero muchos de los problemas que ya eran visibles en 2011 nunca desaparecieron: las dificultades económicas, la corrupción, la fragmentación política y una creciente desilusión con los partidos que habían heredado la revolución. En 2019, Kaïs Saïed fue elegido presidente.
Dos años más tarde, suspendió el Parlamento, destituyó al primer ministro y comenzó a concentrar el poder en la Presidencia. Una nueva Constitución, adoptada en 2022, reforzó considerablemente la autoridad presidencial y debilitó al Parlamento que la revolución había contribuido a situar en el centro de la vida política.
El paisaje político que fotografié ha cambiado hasta resultar casi irreconocible. Ennahda fue desplazado del poder y su histórico líder, Rached Ghannouchi, permanece encarcelado desde 2023 y ha recibido largas condenas de prisión. Políticos de la oposición, periodistas y miembros de la sociedad civil también han sufrido detenciones y procesos judiciales. Saïed, reelegido en 2024 en unas elecciones marcadas por la exclusión o el encarcelamiento de destacados opositores, continúa siendo presidente. Sus partidarios sostienen que está desmantelando un sistema político corrupto; sus detractores consideran que está desmantelando las instituciones democráticas creadas después de 2011.
La respuesta a todo este proceso, quince años después, sigue inconclusa, como la busca de Averroes.
Texto y fotografías: Ezequiel Scagnetti ©
Fuentes citadas en el texto original de 2011
Fethi Benslama, Soudain la Révolution, 20 de abril de 2011; Reuters, 22 de abril de 2011.
Programa del Movimiento Ennahda (documento resumido, versión en francés).
Ridha Kéfi, Les dérapages de l’islamisme, Jeune Afrique, 26 de diciembre de 2000.
Lina Ben Mhenni, Tunisian Girl, Blogueuse pour un printemps arabe, junio de 2011.
Le Point.fr, 27 de septiembre de 2011.
Entrevista con Mohammed Slim, 16 de octubre de 2011.
Entrevista con Béchir Garbouj, 25 de octubre de 2011.
Dominique Urvoy, Averroès: Les ambitions d’un intellectuel musulman, 1998.
