Cuando el tsunami del océano Índico golpeó la región el 26 de diciembre de 2004, la agencia fotográfica belga Reporters me envió a Sri Lanka para cubrir la respuesta humanitaria ante la catástrofe.
A las pocas horas, me sumé a B-FAST, la operación de ayuda de emergencia del Gobierno belga, a bordo de un avión de transporte militar que llevaba suministros humanitarios. Tras una escala en Dubái, donde se cargaron equipos y suministros de emergencia adicionales, continuamos rumbo a Colombo, Sri Lanka.
Llegué cuando la verdadera magnitud del desastre apenas comenzaba a hacerse evidente. El tsunami había arrasado una extensa franja de la costa de Sri Lanka, destruyendo pueblos y ciudades y obligando a cientos de miles de personas a abandonar sus hogares.
La cobertura rápidamente me llevó fuera de Colombo. Helicópteros militares transportaban a periodistas y equipos humanitarios hacia Galle y Matara, sobre la costa sur de Sri Lanka, aproximadamente entre 120 y 160 kilómetros al sur y sudeste de la capital. Ambas zonas habían sido gravemente afectadas por el tsunami, que había devastado comunidades costeras, rutas e infraestructura.
Volar hasta allí me dio una primera dimensión de la magnitud de lo ocurrido. Desde el aire, la destrucción se extendía kilómetro tras kilómetro a lo largo de la costa.
En tierra, la situación seguía siendo incierta. Continuaban las réplicas y las reiteradas alertas de tsunami, y en varias ocasiones los equipos de rescate, periodistas y habitantes de la zona tuvimos que alejarnos de la costa y buscar terrenos más elevados ante el temor de que llegara una nueva ola.
Después, cada noche, comenzaba otra parte de la cobertura: hacer llegar las fotografías a Bélgica.
Era finales de 2004. Las conexiones a Internet disponibles sobre el terreno eran extremadamente limitadas. Al terminar cada jornada, editaba las fotografías y las enviaba a la agencia mediante una lenta conexión telefónica dial-up. Transmitir una selección de imágenes en alta resolución podía llevar horas.
Y entonces me quedé sin computadora.
Durante una tormenta tropical, un rayo destruyó mi computadora portátil.
Era mi única estación de trabajo. Sin ella, no podía editar, escribir los epígrafes ni transmitir mis fotografías. Pero interrumpir la cobertura no era realmente una opción. Empecé a pedir computadoras prestadas donde pudiera encontrarlas, instalaba lo que necesitaba, preparaba las fotografías, las enviaba a Bélgica y volvía a salir.
Aproximadamente a mitad de la cobertura, Reporters me envió hacia las islas Andamán y Nicobar, en India, un archipiélago que se extiende por la bahía de Bengala y se encuentra mucho más cerca de la zona de ruptura del terremoto que había provocado el tsunami.
Viajé vía Chennai hasta Port Blair, la capital de las islas Andamán y Nicobar, donde me sumé a un periodista alemán que trabajaba para Der Spiegel.
A partir de ese momento, llegar a los lugares que necesitábamos documentar se convirtió en parte de la historia misma.
El transporte comercial hacia muchas de las islas afectadas estaba gravemente interrumpido. Viajé a bordo de barcos gubernamentales que transportaban suministros y evacuaban a familias desplazadas, y volé con las fuerzas armadas indias hacia islas remotas, entre ellas Little Andaman y Car Nicobar.
Muchas veces, el viaje de ida y el de regreso mostraban las dos caras de una misma historia: los suministros y el personal humanitario viajaban hacia las islas devastadas; los sobrevivientes y las familias desplazadas lo hacían en sentido contrario.
Car Nicobar era una situación diferente.
Ubicada en el norte de las islas Nicobar, mucho más cerca que Sri Lanka de la zona de ruptura del terremoto, la isla había sufrido daños catastróficos. El tsunami había devastado los asentamientos costeros y el terremoto había causado graves daños en la base de la Fuerza Aérea India.
La propia pista de aterrizaje había resultado dañada por el terremoto. A pesar de ello, los aviones militares seguían operando desde el tramo de pista que permanecía utilizable, llevando suministros y personal y evacuando sobrevivientes mientras las operaciones de ayuda continuaban a su alrededor.
Ver aterrizar los aviones en aquella pista dañada fue uno de esos momentos en los que la dimensión logística de la operación humanitaria resultaba casi tan impactante como la propia destrucción.
Para entonces, tomar fotografías era solo una parte de cada jornada. Encontrar la manera de llegar a la siguiente isla, un lugar donde dormir, algo seguro para comer, una computadora donde trabajar y una conexión que permitiera transmitir las fotografías se había convertido también en parte del trabajo.
Hubo tormentas tropicales y una actividad sísmica que no cesaba. Durante el recorrido por las islas también sufrí una fuerte intoxicación alimentaria.
Pero esas dificultades no son lo que recuerdo con mayor claridad.
Lo que permanece es la magnitud de todo lo que la gente había perdido.
Había familias abandonando islas donde habían desaparecido casas y comunidades enteras. Equipos militares y trabajadores humanitarios intentaban trasladar personas y suministros a través de un enorme archipiélago. En los lugares más aislados, la llegada de ayuda podía depender de que un barco consiguiera llegar, de que un helicóptero encontrara dónde aterrizar o de que un avión militar dispusiera de suficiente pista en condiciones para operar.
Mi función era simplemente documentar lo que estaba sucediendo frente a mí.
Fotografié evacuaciones, operaciones de ayuda, equipos militares transportando suministros, comunidades devastadas y personas enfrentándose a lo que quedaba de sus hogares y de sus vidas.
Ya había trabajado en situaciones difíciles, pero Sri Lanka y las islas Andamán y Nicobar se convirtieron en una de las coberturas más exigentes de mi carrera, tanto física como emocionalmente.
Más de veinte años después, veo estas fotografías de una manera diferente a cuando las transmitía, una por una, a través de una línea telefónica.
En aquel momento eran fotografías de actualidad que debían llegar lo antes posible a una agencia en Bélgica.
Hoy son también un registro de lo que presencié durante aquellas semanas: la inmensa destrucción que dejó el tsunami del océano Índico, la vulnerabilidad de las comunidades que quedaron atrapadas en su camino y el extraordinario esfuerzo humano y logístico que vino después.
